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sábado, 25 de julio de 2009

Adiós a Heinz Edelmann, director de arte de “Yellow Submarine”

Retrato de Edelmann en 1968, año de la película "Yellow Submarine".

Ilustración.
Curro, mascota de la Expo 92 de Sevilla.

Ilustración para la cubierta de El Señor de los Anillos, 1971.

Cartel de cine, 1964.



Fotogramas de la película "Yellow Submarine".


El pasado 21 de julio falleció en Stuttgart (Alemania) el diseñador e ilustrador Heinz Edelmann.

Reconocido por su trabajo como director de arte de la película de los Beatles “Yellow Submarine”, Edelmann nació en 1934, en la antigua Checoslovaquia y estudió en la Academia de Bellas Artes de Dusseldorf, una de las instituciones más progresistas de la Alemania de postguerra.

Acabados sus estudios, hacia 1958 comenzó a trabajar como diseñador freelance, ilustrador, animador y profesor en Alemania, Gran Bretaña y Holanda. Siempre en solitario –“Fui mi propio director de arte, ilustrador, diseñador, maquetador y también barrí el suelo e hice el café”- realizó carteles para la Westdeutscher Rundfunk (WDR) (Radiodifusión de Alemania Oeste), publicidad para la agencia Putz, cubiertas de libros para la editorial Klett-Cotta de Stuttgart, así como un buen número de ilustraciones para publicaciones, entre las que hay que citar el periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung y la mítica revista Twen, dirigida por Willy Fleckhaus. A él se deben, asimismo, las imágenes de la primera edición alemana de El Señor de los Anillos de Tolkien y Curro, la mascota de la Expo de Sevilla 92.

Desde un punto de vista mediático, esta notable trayectoria profesional se ha encontrado en un segundo plano, en la medida en lo que más se conoce de Edelmann es “Yellow Submarine”, película considerada la quintaesencia de la imaginería psicodélica, dentro de una estética compartida en la década de 1960 con otros grandes diseñadores e ilustradores como Seymour Chwast y Milton Glaser. Precisamente, este último ha afirmado que: “Se hizo famoso gracias a su trabajo en ‘Yellow Submarine’ pero esa celebridad realmente oscureció su verdadero talento e imaginación”.

Para Glaser, además, fue “uno de los diseñadores más brillantes que produjo Europa en el último siglo. Fue un profesional prodigioso y diestro en todos los aspectos del diseño, la tipografía y la ilustración”.

En opinión de Chwast, su trabajo fue “el más fresco y el más libre de cuantos ilustradores he conocido”.

El diseñador alemán Christoph Niemann ha comentado que fue un verdadero intelectual y que “más allá de ser un diseñador único, era un verdadero diccionario ambulante de historia del arte, literatura, filosofía”.

Profesor, hasta 1999, de la Academia de Bellas Artes de Stuttgart, hace algunos años publicó la novela gráfica The Incredible!

Con motivo de su fallecimiento, Steven Heller acaba de escribir un artículo en el New York Times: http://www.nytimes.com/2009/07/23/arts/design/23edelmann.html?ref=obituaries

Por otra parte, quienes quieran conocer el proceso de creación del famoso film, pueden consultar el libro Inside the Yellow Submarine: The Making of the Beatles Animated Classic . Contiene ilustraciones del propio Edelmann. Hay también un interesante texto sobre la película, publicado por Martyn Bamber (2003) que podéis leer en http://archive.sensesofcinema.com/contents/cteq/03/26/yellow_submarine.html

Además, podéis encontrar algunos de sus carteles: http://www.graphisme-echirolles.com/francais/depuis1990/archives/memoire/1994/MG94GEDEL1.html

sábado, 17 de enero de 2009

Grapus

Cartel, "Festival mundial del teatro", 1979.

Cartel, "El niño en la sociedad industrializada", 1976.

Serigrafía, "Lenin", 1977.

Cartel "Junio en la calle", 1977.

Aunque muchos diseñadores conocen qué fue el colectivo Grapus, como en la entrada anterior he colocado una cita de quien fuera uno sus miembros, me parece adecuado hacer aquí una pequeña referencia.
Fundado en 1970 por Pierre Bernard, Gérard Paris-Clavel y François Miehe, -todos ellos miembros del Partido Comunista Francés, formados en el Institut d’Environnement de Paris y a los que unos cinco o seis años más tarde se unirían Jean-Paul Bachollet, Alex Jordan y Marc Dumas-, surgió todavía al calor de los últimos rescoldos del Mayo del 68.
Y es que en aquel mes y en aquel año, París se había convertido en un escenario idealista donde la gráfica se contemplaba -como ya hicieran las vanguardias artísticas de principios del siglo XX- como un herramienta de intervención social altamente eficaz. Los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes se unieron a la huelga general y ocuparon los estudios de diseño y las imprentas; organizados bajo la denominación de Atelier Populaire, y funcionando de manera asamblearia, produjeron carteles y periódicos murales de una enorme vitalidad.
De aquel clima revolucionario surgió Grapus. Con una metodología procedente en buena parte de la semiología tamizada por la influencia de la gráfica polaca, -cuyas enseñanzas habían recibido Bernard y Paris-Clavel directamente de Henryk Tomaszewski- sus imágenes, a veces agresivas y en ocasiones hasta repulsivas, con sus colores brillantes, sus garabatos infantiles y sus impredecibles mezclas de formas fueron una llamada de atención no sólo para sus compatriotas sino para un buen número de diseñadores inconformistas de todo el mundo que encontraron en ellos un camino a seguir.
Grapus, cuyo nombre procedía de un juego de palabras entre “graphics” -su profesión- y “crapules staliniennes”, -su manera crítica de aproximarse al comunismo en un momento en el que se estaba poniendo en duda la doctrina oficial- significaba una concepción del diseño plena de idealismo y compromiso. Aunque el trabajo se hacía de manera individual, respetando el estilo de cada uno, cualquier propuesta se firmaba de manera conjunta tras ser examinaba y discutida por todos los miembros del grupo; era la forma de poner en práctica unas ideas que suponían una nueva visión de la sociedad (enfocada desde la izquierda) y que se concretaban en un trabajo con vocación de servicio público, ligado al ámbito de la cultura -en sus líneas más progresistas- y al de la política -porque para ellos el desempleo o la educación eran, al fin y al cabo, cuestiones políticas- y lo más alejado posible de la publicidad que para el colectivo no era sino una herramienta del poder que constreñía la libertad creativa.
Durante unos veinte años -su disolución se producirá en enero de 1991, tras haber recibido el Gran Premio Nacional de Arte Gráfico de Francia- Grapus diseñó campañas sociopolíticas impactantes -como la de la “Union du peuple de France”-; creó la imagen corporativa del sindicato comunista CGT y desarrolló la línea de comunicación de un buen número de organizaciones de ayuda humanitaria, centros culturales -como La Maison de la Culture de Nanterre o la de Sant Etienne-, teatros -“La Salamandre”, el Theàtre du 8ème o el Petit Odeon- y museos -entre otros el de la Revolución Francesa-; agrupó a diseñadores reconocidos de todo el mundo para llevar a cabo proyectos en torno a una determinada causa como sucedió, por ejemplo, en 1989 cuando sesenta y seis profesionales fueron convocados para realizar una serie de carteles -que serían expuestos en la conmemoración del Bicentenario de la Revolución Francesa- con el tema de los derechos humanos; mostró su trabajo en más de cincuenta exposiciones y provocó, en su momento, una buena cantidad de literatura. No obstante, quizá por encima de todos estos logros esté que Grapus sirvió -y aún sirve- de modelo para quienes creen que el diseño tiene una función y una responsabilidad social.
Si queréis ver un estupendo archivo con imágenes de sus trabajos, podéis consultar: http://www.aubervilliers.fr/rubrique113.html

miércoles, 14 de enero de 2009

Carles Fontseré y Cesc

Como no sé si entrais en los comentarios que la gente deja a las entradas, os pongo aquí un enlace que me envía Jordi, para conocer mejor el trabajo de Carles Fontseré: http://www.sbhac.net/Republica/Carteles/Fontsere/Fontsere.htm
Jordi también me manda uno sobre Cesc, un gran dibujante al que tampoco hay que olvidar: http://ca.wikipedia.org/wiki/Cesc_(dibuixant)
Gracias por la contribución, Jordi.

sábado, 10 de enero de 2009

Recordando a Carles Fontseré (1916-2007)

Carles Fontseré, delante de las Torres Gemelas de Nueva York, en una foto realizada por su mujer, Terry Broch. 



Tres ejemplos de la gráfica realizada por Carles Fontseré durante la Guerra Civil, en apoyo de la causa republicana. 

El 5 de enero pasado se han cumplido dos años del fallecimiento de Carles Fontseré. Cuando sucedió, no tenía este blog y no tuve la oportunidad de rendirle el homenaje que me hubiera gustado.

Tuve la suerte de conocerlo a él y a su mujer Terry Broch en 1999 y fue entonces cuando surgió una estupenda relación que me llevó a visitarlos en diversas ocasiones, a hacer el breve discurso de entrega del galardón “IL·LUSTRAD’OR”, otorgado por APIC (Asociación Profesional de Ilustradores de Cataluña) –todavía lo recuerdo bailando con Terry en la cena-, a escribir un texto para un pequeño catálogo y a hacerle una entrevista, con Andreu Balius, que se publicó en la revista Grrr, creo que hace unos nueve años.

La última vez que estuve con ellos fue cuando se presentó el libro Carteles contra una guerra en el año 2003, en el FAD. Vino muy ilusionado desde Gerona para apoyarlo porque la situación le recordaba aquella movilización de conciencias de la que él mismo fue protagonista en 1936. Tenía ochenta y siete años pero os aseguro que era jovencísimo.

En fin, para quienes no sepan quien fue, aquí os dejo con un texto mío sobre su trayectoria profesional.  

Nacido en 1916 en el seno de una familia barcelonesa tradicionalista, Carles Fontseré comienza su trayectoria profesional a la edad de quince años, dibujando para Reacción. Semanario de lucha política, una publicación del entorno carlista. Poco tiempo después, con tan solo diecisiete años, crea portadas de libros y realiza las primeras incursiones en el mundo de la publicidad, ejecutando anuncios y carteles cinematográficos.

En un proceso paralelo a su consolidación como “artista comercial”, y en parte por un suceso familiar, Fontseré sufre un cambio radical en sus ideas al descubrir la “arbitrariedad de la justicia, el drama de la pobreza” y la hipocresía moral de la sociedad bienpensante a la cual pertenece, en sus palabras.

La agudización de los conflictos sociales de aquel periodo coincidió con su experiencia personal de lucha por la supervivencia como trabajador del arte, lo que le condujo a aproximarse a las ideas del anarquismo libertario. 

Al estallar la Guerra Civil, decide desde el primer momento apoyar a la causa republicana y combatir con las armas que mejor maneja: el lápiz y los pinceles. Entiende, como otros artistas de la vanguardia internacional, que el artista debe comprometerse con la sociedad.

Esta manera de concebir la práctica artística marcará el resto de su vida y le llevará a buscar siempre aquellas formas visuales que, desde su punto de vista, puedan conectar mejor con el público. Por ello, se inclinará hacia la figuración, concebida como un territorio abierto que puede ser fácilmente comprendido por cualquiera que desee acercarse a él.

Su obra fue, por tanto, el resultado de una interacción con el lector-espectador, donde la estética se hallará siempre subordinada al mensaje transmitido y su papel será el de contribuir de manera significativa a la comprensión de éste. Su trabajo, por tanto, fue de una sola pieza; no siguió corrientes, ni nunca se preocupó por las modas.

Precisamente, en julio de 1936 ese compromiso social en el que firmemente creía, le llevó a formar parte del Comité Revolucionario del Sindicato de Dibujantes Profesionales dentro del que organizó el Taller Colectivo de Propaganda.

Allí optó por una de las formas más directas de intervención pública: el cartelismo. Suyos fueron algunos de los mejores carteles de aquel convulso periodo –entre ellos el que primero que apareció en las calles de Barcelona y de España-, todos ellos llenos de una fuerza que nos muestran a un Fontseré expresivo y vital, capaz de transmitir la resolución necesaria para luchar por aquello en lo que se cree.

Incorporado en 1937 como combatiente a las Brigadas Internacionales, una vez disueltas, fue dibujante del Estado Mayor de la D.C.A. (Defensa Contra Aeronaves) y, más tarde, del Comisariado de Propaganda de la Generalitat.

El fin de la contienda supuso un largo exilio del que regresó a Cataluña en 1973, pero también fue el inicio de su trayectoria internacional que comienza en Francia, no sin dureza, pues primero estuvo internado en el campo de refugiados –en realidad un campo de concentración- de Argelés y, más tarde, en el de Saint Cyprien. Producto de esa dolorosa etapa fueron sus dramáticas litografías de refugiados.

La huída de Saint Cyprien le condujo a París, donde pronto se las ingenió para conseguir trabajo. Ilustró en El Poble Català (Semanario de los Catalanes en Francia) y dio los primeros pasos de su carrera como dibujante de cómics, trabajando para un semanario infantil.En aquellos momentos, Fontseré demostró que había alcanzado una gran habilidad en el dibujo, al introducir en Europa un tipo de ilustración poco corriente, a base de líneas trazadas a pincel que, hasta entonces, parecía haber sido privativa de los dibujantes americanos.

Junto a Antoni Clavé, durante la ocupación alemana de Francia, colabora con el semanario de arte y literatura La Gerbe. En ese periodo, diseña también carteles.

El año 1945, final de la Segunda Guerra Mundial, abre una nueva etapa para Fontseré: la de escenógrafo y figurinista de obras tan significativas como La Casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, Nuestra Natacha de Alejandro Casona y Peribáñez de Lope de Vega.

El éxito alcanzado en estos territorios le lleva a embarcarse en una gran aventura: la creación en 1948, junto al músico Roberto Vicente y con Mario Moreno (Cantinflas) como productor, de un grandioso espectáculo, la revista “Bonjour México!” que, creada en París, se representará, como su título sugiere, en México.

La riqueza del vestuario y el despliegue de medios en unos escenarios excepcionales por su suntuosidad y belleza, conseguirán emocionar al público mexicano.

La década de 1950 significa un nuevo cambio en su discurrir vital y profesional. Conoce a Terry Broch en Nueva York; tras diversas vicisitudes se casa con ella en París y se instala, finalmente, en la ciudad de los rascacielos, donde permanecerá hasta 1973, momento en que ambos se establecen en España.

En un mundo donde es un completo desconocido sale adelante, nuevamente, gracias a su destreza como dibujante de cómics y como ilustrador de publicidad. Allí fue director de arte de una revista de temática hispana, escenógrafo y diseñador de vestuario y decorados. En ese periodo conoció a Salvador Dalí, con quien colaboró en la creación de su Happening en el Philarmonic Hall del Lincoln Center.

Fue en Nueva York donde, también, inició una brillante carrera como fotógrafo, a la que se entregó con pasión. Para él la fotografía era una forma de compromiso y la practicó siempre como documento social.

En 1973, como ya he comentado, regresó a Cataluña y se instaló en Porqueres, un pueblecito cercano al lago de Banyoles. A partir de ese momento, expuso parte de su inmensa producción fotográfica, dibujó, diseñó carteles culturales, pintó pero, sobre todo, se dedicó a escribir. Primero, lo hizo para diarios y revistas como La Vanguardia, Avui, Serra d’Or y la Revista de Girona. Luego elaboró textos para catálogos de exposiciones y, desde entonces y hasta su muerte, escribió sus memorias, con un enorme rigor. Su casa estaba llena de libros, recortes de periódicos y revistas y todo documento que le permitiera cotejar sus recuerdos con lo que sucedió pues siempre trató de ser lo más objetivo posible.

Una pequeña parte de su obra fotográfica se expuso pocos días antes de su muerte en el Espacio Cultural de Caja Madrid, en Barcelona. Como testimonio de aquella muestra nos ha quedado el estupendo catálogo Nueva York 1626-1990. Un relato gráfico de Carles Fontseré.

Fontseré fue dibujante, cartelista, ilustrador, diseñador, escenógrafo, figurinista, pintor y un gran escritor pero para mi fue, sobre todo, un ser humano excepcional.

Entre sus textos -todos ellos estupendos tanto desde el punto de vista literario como de contenidos-, Fontseré nos dejó los siguientes:

Memories de un cartelliste català (1994).

- Un exiliat de tercera (1999). La traducción al castellano (Un exiliado de tercera), es de 2004.

- Paris, Mèxic i Nova York (2004).

No quiero cerrar esta entrada sin enviarle un abrazo a Terry, su amiga y compañera. Fueron inseparables y aún me acuerdo de una conferencia en el Colegio Universitario de Segovia, a la que los invité, cuando Carles, siempre travieso a sus más de ochenta años, decía alguna que otra cosa inconveniente y ella le reñía suavemente, por desviarse del tema, con un “Carles, ¡qué cosas dices!”. Cuídate mucho, Terry. 

Si queréis ampliar información sobre él, además de sus libros, podéis consultar: 

http://torroella.cup.cat/index.php?option=com_content&task=view&id=18&Itemid=39

http://www.espacioalternativo.org/node/1866

sábado, 3 de enero de 2009

F.H.K. Henrion (1914-1990)

Portada de la revista Harper's Bazaar, 1943.

Cartel, 1943.

Portada de la revista Future no. 2, 1948

Doble página interior de la revista Future no. 2, 1948.


Ilustración "Changing of the guard", 1956.

Cartel Stop Nuclear Suicide, c. 1963.

Hacía tiempo que quería publicar una entrada sobre F.H.K. Henrion, un diseñador que destacó en su tiempo por su compromiso con el diseño y con aquellas causas en las que creyó. Así que aquí va.

Nacido en Nuremberg (Alemania) en 1914, entre 1933 a 1934 estudió diseño textil en París con Fred Levin. Un año más tarde, comenzó su formación como cartelista y diseñador gráfico en el taller de Paul Colin. Allí conoció el trabajo de A.M. Cassandre y tomó contacto con las ideas del arte moderno y, en especial, con el surrealismo.
En 1935 ganó el primer premio del Salon de l’Electricité. Entre 1936 y 1939 abrió diversos estudios en París y Londres y diseñó carteles, packaging y exposiciones.
Su trabajo se mostró en la Exposición Universal de París de 1937 y en la Feria Mundial de Nueva York de 1939.
Cuando estalló la II Guerra Mundial abandonó Francia, para trasladarse a Gran Bretaña -adoptó la nacionalidad británica en 1946- y trabajó como asesor para el Ministerio de Información y la Oficina Americana de Guerra en Londres. Asimismo, realizó carteles de propaganda bélica en los que puede percibirse la influencia del surrealismo y destaca su dominio del fotomontaje.
Henrion trabajó también para agencias de publicidad y editoriales. Fue director de arte de las revistas Contact y Futura y diseñó cubiertas para Harper’s Bazaar. En 1951 abrió la consultoría de diseño Henrion Design Associates. En los años sesenta fue asesor de la British Transport Commission, de Olivetti y de otras empresas, pues uno de los terrenos en los que destacó fue el de la identidad corporativa. Entre sus clientes hay que mencionar a KLM Royal Dutch Airlines, Penguin Books, Shell, London Transport, Coopers & Lybrand, Audi, Cunard Shipping, Oxfam y C&A.
A lo largo de su vida recibió numerosos premios, fue presidente de la AGI y de Icograda, profesor del Royal College of Art de Londres (1955-65) y del London College of Printing (1976-79).
Henrion siempre creyó en la importancia del mensaje pero, también, en la necesidad de cuidar la estética en cualquier trabajo de diseño. Fue un diseñador comprometido y trabajó (la mayoría de las veces como voluntario) en causas con las que se sintió identificado.
Para ver algunos de sus trabajos podéis consultar:
http://www.rennart.co.uk/henrion.html y http://flickr.com/photos/83759236@N00/503204920
A lo largo de su vida escribió varios libros, entre los que hay que mencionar The Image of a Company: Manual for Corporate Identity, Phaidon Press, 1990. (Todavía se pueden encontrar ejemplares en Amazon, a un buen precio).
En el año 2004, la Universidad de Plymouth le dedicó una exposición y en 1989, Mike Hope publicó: FHK Henrion: Five Decades a Designer, Flaxman Productions. (Hoy prácticamente imposible de conseguir excepto en alguna biblioteca americana).

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Manuela Ballester, ilustradora y diseñadora


Portada de la revista Estudios, años 1930.

Figurín, 1929

El año se acaba pero, ahora que faltan pocas horas para su fin, no quiero dejar pasar el centenario del nacimiento de Manuela Ballester, una artista y diseñadora gráfica injustamente olvidada.

Manuela nació en Vilaseca (Valencia) el 17 de noviembre de 1908 y falleció en Berlín el 7 de noviembre de 1994.

Artista de la vanguardia de los años 1930 y activista del bando republicano durante la Guerra Civil, fue una de las escasas mujeres que estudiaron en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos –se matriculó en 1922 con tan solo catorce años-, ya que procedía de una familia de artistas y tenía habilidad para el dibujo y la pintura. Su padre, Antonio Ballester Aparicio y su hermano Tonico fueron escultores. Este último se formó con ella en San Carlos.

En la Escuela conoce a Josep Renau –con quien contrajo matrimonio en 1932- y entra en contacto con otros artistas de la vanguardia valenciana. Con ellos participará en reuniones artístico-literarias enfocadas hacia la renovación del arte.

Durante los años 1930, colabora con diversas revistas y se convierte en una reconocida ilustradora. Dibuja figurines de moda para Crónica y Hogar y Moda e ilustra y hace fotomontajes para publicaciones de izquierda como Estudios, Orto y Nueva Cultura. Colabora, también, con la editorial Cenit y se encarga de las portadas de la colección Nostra Novela, además de realizar carteles. En 1936 realiza uno de los primeros dirigidos a las mujeres para animarlas al voto a favor del Frente Popular. Un año más tarde, colabora con Renau en la organización del Pabellón Español en la Exposición Internacional de París.

Finalizada la Guerra Civil marcha al exilio con su marido y sus hijos, primero a Francia y, después, a México, donde permaneció hasta 1959. Allí realiza murales y carteles de cine, junto a Renau, con quien trabajó en el taller estudio que fue la principal fuente de ingresos de la familia.

A partir de 1959 se instala en el Berlín Este, siguiendo a Renau. Allí trabaja para editoriales alemanas, realiza fotomontajes y dibujos para la Agencia general de Noticias Alemanas y dirige y colabora en una revista de moda.

Su relación con Josep Renau fue siempre difícil y, finalmente, acabó en separación.

Poco interesada en ser famosa, en las escasas entrevistas que le hicieron a lo largo de su vida, siempre habló más de su marido que de si misma. Por otra parte, la dedicación a sus cinco hijos restó tiempo a su desarrollo profesional.  Todo esto es, sin duda, causa del escaso reconocimiento que, hasta el momento, ha conseguido su obra.  

Si queréis conocer algunos detalles sobre la vida y el contexto de Manuela Ballester podéis consultar un artículo de Cristina Núñez Díaz  en:  http://debatabat.cat/web/read_article.php?article_ID=149&cat_ID=4

Recientemente (17 de noviembre), la asociación valenciana DonesenArt presentó el documental Manuela Ballester, el llanto airado, dirigido por la cineasta valenciana Giovanna Ribes, en colaboración con Concha Ros y Silvia Macip.  

Trabajo útil o esfuerzo inútil (William Morris, III)


Tarjeta de miembro de la Federación Democrática, diseñada por William Morris. 

Prometo que esta es la última cita que coloco en el blog (por lo menos por hoy) de Morris, pero ya que estamos, no quería dejar de ponerla:

"... ha llegado a convertirse en un artículo de fe para la moralidad moderna el hecho de que todo trabajo es, en sí mismo, bueno, creencia muy oportuna para los que viven del trabajo de los demás. Pero a aquellos que trabajan para otros les recomiendo no fiarse y estudiar la cuestión con un poco más de detenimiento." 
(Trabajo útil o esfuerzo inútil, conferencia pronunciada en el Club Liberal de Hampstead en 1884. Publicada por primera vez como folleto de la Liga Socialista, 1885).

William Morris. Cómo vivimos y cómo podríamos vivir


Releyendo un libro de William Morris, he encontrado el siguiente texto que, a pesar de que tiene más de 100 años, no me parece tan anticuado… (por desgracia). 

“Y de nuevo la palabra arte me lleva a plantearme mi última exigencia, y es que el ambiente material que nos rodee sea agradable, generoso y bello; sé que es una exigencia ambiciosa, pero les diré que, si no puede ser satisfecha, si toda comunidad civilizada no puede proporcionar ese ambiente a todos sus miembros, no quiero que el mundo prosiga; la existencia del hombre habrá sido mera miseria. No creo que, bajo las actuales circunstancias, sea posible hablar con demasiada vehemencia sobre este asunto. Pero estoy seguro de que llegará el día en que la gente encuentre difícil de creer que una comunidad rica como la nuestra y con tal dominio sobre la naturaleza exterior, haya podido someterse a una vida tan mezquina, andrajosa y sucia como la nuestra.

Y, de una vez por todas, no hay nada en nuestras circunstancias, salvo la persecución del beneficio, que nos arrastre a ello. Es el beneficio el que amontona a los hombres en enormes e imposibles aglomeraciones llamadas ciudades, por ejemplo; es el beneficio el que allí los hacina en barrios cerrados, sin jardines ni espacios abiertos; es el beneficio el que no toma la más mínima precaución contra la inmersión de distritos enteros en nubes de humos sulfurosos, que transforman hermosos ríos en inmundas cloacas; el que condena a vivir a todos, salvo a los ricos, apretujados en viviendas estúpidamente reducidas en el mejor de los casos, porque en el peor, no hay ni siquiera palabras para designar tal ruindad.

Me parece casi increíble que podamos soportar tan crasa estupidez; pero sé que no lo haríamos si pudiéramos remediarlo. No la soportaremos cuando los obreros se quiten de la cabeza que son un mero apéndice del proceso de creación de beneficios, que cuanto más beneficios se obtengan, mayores empleos y salarios más altos tendrán y que, por lo tanto, toda la inmundicia increíble, el desorden y la degradación de la civilización moderna son signos de su prosperidad; lejos de ello, son los signos de su esclavitud. Cuando hayan dejado de ser esclavos exigirán, como lo más natural del mundo, que cada hombre y que cada familia sea alojada con holgura; que cada niño pueda jugar en un jardín cercano a la casa de sus padres; que las casas, por su evidente decencia y orden, puedan ser ornamentos de la naturaleza y no desfiguraciones de ella, porque es casi seguro que la decencia y el orden mencionados, cuando lleguen a ser habituales, llevarán con casi toda certeza a la belleza en la construcción. Todo esto supondría, por supuesto, que las gentes –es decir, la sociedad en su conjunto- debidamente organizadas, en posesión plena de los medios de producción, no como propiedad individual, sino empleados por todos según lo exija la ocasión; y no sólo en esos términos es posible; en cualesquiera otros la gente será arrastrada a acumular riquezas privadas para sí misma, y la consecuencia será una vez más el derroche de los bienes de la comunidad y la perpetuación de la división de clases, lo que significa guerra y despilfarro continuos.” (William Morris. Cómo vivimos y cómo podríamos vivir. Conferencia publicada en 1887).